Comer fuera, el podcast.

Historias pequeñas de gastronomía y migración

La mitad de las personas que viven en Barcelona no han nacido en Barcelona. Para estas personas, los restaurantes donde se cocina la comida de sus lugares de origen son, a menudo, su embajada extraoficial, el lugar donde entrar y sentirse por unos momentos en casa. A su vez, estos restaurantes son, a menudo, la primera ventana que los autóctonos de un lugar tienen para asomarse a la cocina autóctona de otro lugar.
En Barcelona se habla mucho de alta cocina, pero poco de esa comida migrante y popular que constituye el ahora de miles de barceloneses, y el mañana del imaginario gastronómico de los barceloneses del futuro. 
En el podcast Comer Fuera buscamos dar voz a esos restaurantes y a las historias de migración que se esconden tras sus platos. Detrás de cada restaurante hay personas que han dejado atrás su casa, su familia y su origen para instalarse en un lugar lejano y ajeno. Cada ceviche, cada mafe y cada gyoza esconden, en fin, una historia pequeña de migración que merece ser contada, para recordar que la comida, más allá de ese bocado sabroso que nos metemos en la boca, es el hilo que conecta todos los rincones del mundo y la síntesis en la distancia de la riqueza de un país lejano.
Comer Fuera es un podcast, pero también una crónica, una entrevista y una crítica de restaurantes. En el podcast hablan los dueños de los restaurantes, que explican sus historias, sus restaurantes y sus cocinas. En la crónica el testimonio escrito de esta entrevista, para comer leyendo.
¿El resultado? Un proyecto de comunicación que quiere dar a los restaurantes de comida migrante popular el mismo valor que se les da a los restaurantes de alta cocina. Con mimo, con atención, con preguntas. Porque muchos lo merecen, porque la gastronomía migrante es el futuro de la gastronomía local, y porque si somos diversos y somos lo que comemos, nada más importante que saber qué comen los otros para entendernos mejor a nosotros mismos. 

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Portada de Taitu

En Etiopía los pollos se compran vivos en el mercado para luego sacrificarlos en casa. Siguiendo una costumbre que no cambia con el tiempo, al animal lo sacrifican los hombres para luego dárselo a las mujeres, que son las que cocinan. Emebet, dueña del Taitu, recuerda esta tradición porque en una cultura donde las niñas aprenden a cocinar al tiempo que a escribir fue un doro wat, un pollo picante etíope, el plato con el que ella se estrenó entre los fuegos de su casa cuando tenía menos de diez años.